Este año hice algo nuevo: entrenar durante varias semanas a managers que llevan menos de cinco años liderando equipos.
Tenía mucha curiosidad.
¿Qué les cuesta cuando dejan de ser responsables sólo de su propio trabajo y empiezan a lograr resultados a través de otros?
La respuesta apareció muy rápido: DELEGAR.
Y entonces empezaron las preguntas:
- “Ingrid, me da miedo que se equivoque. ¿Aun así lo delego?”
- “Este es el proyecto más importante del año. ¿Lo tengo que delegar igual?”
- “¿Cómo sé si esta persona ya está lista?”
- “Si tengo que revisar todo, ¿para qué delego?”
- “Yo lo hago en dos horas. Explicarlo me toma cuatro. ¿Qué hago?”
Pero hubo algo que me llamó todavía más la atención: ya había escuchado esas preguntas en líderes mucho mas senior.
Delegar no se vuelve más fácil sólo porque acumules años liderando.
1. Primero entendamos por qué tienes que soltar
Tu trabajo cambió cuando empezaste a liderar a otros
No delegas porque esté de moda hablar de autonomía ni porque los buenos líderes “deban delegar”. Delegas porque tu trabajo cambió:
- Ya no eres responsable sólo de lo que tú haces.
- Ahora necesitas lograr resultados a través de otros.
- Y necesitas desarrollar a otros para que puedan lograrlos.
Si todo debe pasar por ti, te conviertes en el límite de tu equipo: tu tiempo, tu capacidad y tu energía. Y hay otra consecuencia menos visible: si siempre resuelves tú, tu equipo tiene pocas oportunidades de aprender a resolver sin ti.
Delegar te permite ampliar lo que puedes lograr y, al mismo tiempo, desarrollar la capacidad de tu equipo.
2. Entonces, ¿tengo que delegarlo todo?
No. Y quizá aquí empieza buena parte de la confusión
Delegar no significa soltar todo ni soltarlo de la misma manera.
Un proyecto crítico para el negocio no se delega igual que una tarea conocida. Una persona que lleva tres años haciendo algo no necesita el mismo nivel de acompañamiento que alguien que lo hará por primera vez.
Y una tarea que normalmente delegarías con mucha autonomía puede requerir más seguimiento si esta vez el riesgo es mayor.
Recuerdo una de las preguntas más interesantes del programa:
“¿Entonces cuando delego, no delego por igual todo? ¿Depende de cada persona?”
Sí, depende de la persona. Pero también de la tarea y del riesgo.
3. Aquí está la herramienta que cambia la conversación
Antes de decidir cuánto soltar, mira tres cosas
Me gusta entregar herramientas. Pasos concretos que puedas llevarte y usar al día siguiente. Y esta es una de las más sencillas y útiles que trabajamos en el taller.
Antes de decidir cómo delegar, mira tres cosas: la persona, la tarea y el riesgo.
- La persona. ¿Qué experiencia tiene? ¿Qué sabe hacer? ¿Qué tan preparada está para asumirlo?
- La tarea. ¿La conoce o es nueva para ella? ¿Qué tan compleja es? ¿La ha hecho antes? ¿Qué necesita aprender para poder hacerla bien?
- El riesgo. ¿Qué pasa si sale mal? ¿Se puede corregir? ¿Cuánto tiempo tenemos? ¿Qué impacto tendría un error en el cliente, el negocio o el equipo?
Ahí cambia por completo la conversación. La misma persona puede necesitar mucha autonomía para una tarea y bastante acompañamiento para otra.
Y la misma tarea puede delegarse de manera diferente dependiendo de quién la recibe y del riesgo que tenga en ese momento.
No existe un nivel correcto de delegación para todo. La habilidad está en aprender a leer la combinación.
4. Pero falta una variable: tú
No todo lo que te cuesta delegar está afuera
Hasta aquí parece bastante racional: persona, tarea y riesgo. Pero hay una cuarta variable que muchas veces se nos olvida mirar: tú.
Porque no todo lo que te cuesta delegar tiene que ver con que la persona no esté preparada, con la dificultad de la tarea o con que el riesgo sea demasiado alto.
A veces tiene que ver con lo que se activa en ti cuando piensas en soltar:
- Miedo a que algo salga mal.
- Miedo a quedar mal tú.
- Incomodidad porque lo hará diferente a como lo harías tú.
- Necesidad de mantener el control.
Y ojo: el miedo no necesariamente es malo. A veces te está dando información importante y efectivamente necesitas acercarte, revisar más o no soltar todavía.
El problema aparece cuando interpretas automáticamente esa sensación como evidencia de que no puedes delegar.
Por eso, antes de decir “esto no lo puedo soltar”, vale la pena hacerte una pregunta más:
¿El riesgo está realmente en la tarea o una parte está en mí?
5. Soltar no significa desaparecer
La autonomía también necesita acuerdos
Este es el otro extremo. A veces pensamos que, si delegamos, tenemos que dejar a la persona completamente sola para demostrar que confiamos en ella. No.
Delegar también implica acordar qué resultado esperas, qué decisiones puede tomar la persona, cuándo necesitas involucrarte y cómo van a darle seguimiento. Dependiendo de la combinación persona–tarea–riesgo, puedes acordar distintos niveles de autonomía:
- “Decide tú y me informas.”
- “Tráeme dos opciones y decidimos juntos.”
- “Avanza y lo revisamos el jueves.”
El seguimiento no elimina la autonomía. Lo que la elimina es intervenir constantemente sin haber acordado cuándo y para qué ibas a hacerlo.
Delegar no es dejar de estar. Es acordar cómo vas a estar.
Después de trabajar este tema con managers nuevos y líderes mucho más senior, algo me queda claro:
La persona cambia. La tarea cambia. El riesgo cambia. Y tú también cambias.
Por eso, delegar bien no es soltar más. Es aprender a leer a la persona, la tarea y el riesgo. Y también aprender a leerte a ti.
